Cerré nuevamente los ojos.
Se ocupó entonces de mí, siempre lo hacía.
Me metió en la cama, me tapó, me besó, cogió a Marcelo y salieron de la habitación, se quedó con él hasta que se marchó, le llevó un vaso de agua a Inés, que se había despertado, volvió junto a mí, me abrazó, me meció, me consoló, y me hizo compañía hasta que me quedé dormida.
Pablo tenía muy clara la frontera entre la luz y las sombras, y jamás mezclaba una cosa con la otra, solamente una dosis de cada cosa, la serena placidez de nuestra vida cotidiana.
Con él era muy fácil atravesar la raya y regresar sana y salva al otro lado, caminar por la cuerda floja era fácil, mientras él estaba allí, sosteniéndome.
Luego, lo único que tenía que hacer era cerrar los ojos.
Él se encargaba de todo lo demás.

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